El arte de la brevedad
Lo bueno, dicen
quienes saben, es mejor cuando poco. Lo bien dicho, dicho brevemente es
inmejorable, enseña la vieja escuela.
Desde antiguo en literatura han competido por el interés del público lector
dos preferencias estilísticas básicamente diferentes: una caracterizada por la
abundancia y la amplitud; la opuesta, por la brevedad y lo contenido. Así,
siempre ha habido escritores y lectores que prefieren las obras extensas y
otros que se inclinan por la escritura breve. Frente a la novela, por ejemplo,
que se extiende por páginas y páginas ricas en detalles y desarrollos, escritas
en un lenguaje profuso, de largas oraciones y a veces complicada construcción,
está el cuento, que por definición se trata de una narración breve. Una forma
no es superior a la otra, un gusto no es mejor que el otro. Son dos variedades
del escribir, dos formas diferentes, cada cual
efectiva a su manera.
No siempre es decisión del escritor
escribir algo de una u otra forma. Un
factor importante en la elección del largo de lo que se ha de escribir
lo constituye el medio en que lo escrito ha de producirse. No es lo mismo
escribir un libro, que por lo general suma al menos más de un centenar de
páginas, que preparar un texto para una revista o un periódico. El lector que
toma un libro espera dedicarle largas horas de lectura; quien abre una revista
lo hace, en cambio, con cierta impaciencia, muchas veces sin el tiempo
disponible para mucho más que una lectura apresurada. Y qué decir de quienes
abrimos una página como ésta, que se revisa en un abrir y cerrar de ojos, en el
tiempo cada vez más fugaz de la presurosa navegación cibernética.
La tecnología de la comunicación
tiene mucho que ver con las manifestaciones literarias. Si la imprenta abrió en
su tiempo las posibilidades de producir libros de largo ilimitado que le dieron
al escritor y sus lectores la oportunidad de extenderse libremente en el gozo
de la palabra abundante y hacerlo en página tras página, y en varios tomos, la
tecnología actual, esta nueva revolución en las capacidades comunicativas de la
palabra, ha generado la necesidad de lo breve.
Breves tienen que ser los textos que
se le ofrecen al lector nervioso que, apresurado, consulta en la pantalla
versátil, al paso rápido de su ansiedad de información, el infinito catálogo de
publicaciones electrónicas disponibles. El escritor no puede esperar que lo
lean si no escribe con la brevedad y el nerviosismo que el medio y las
circunstancias promueven.
La brevedad, lo dicho en pocas
palabras perfectamente calibradas, es una exigencia que reta al escritor y lo
obliga a perfeccionar su técnica y aguzar su ingenio al máximo hasta alcanzar
la belleza comunicativa de lo dicho en un golpe de voz, exacto, certero,
inmediato.