El artificio de la escritura / The artifice of writing
"Tiene el desorden del escritorio un dejo melancólico de abandono, dejadez y olvido".
No han pasado cinco días desde que despejé la mesa de mi escritorio y ya está de nuevo hecha un desorden.
Mis cosas--papeles mayormente, libretas, algún libro--se han ido amontonando unas sobre otras como las hojas que caen de los árboles en las perezosas horas del otoño.
Se posan, se acumulan, se amontonan. Y el polvo del tiempo desciende sobre ellas.
El polvo de mis manos que las abandonan.
Llevo días detenido frente a este umbral. La puerta ha estado levemente abierta: bastaría empujarla con la punta del paraguas y entrar. Con la punta de la lanza destripadragones. Con la punta del pie atrevido. O con la punta del dedo indecisamente inquisitivo.
Al frente del umbral, de pie, con el paraguas abierto bajo la garúa, espero que el aire—brisa, viento o vendaval—abra la puerta de par en par y me obligue a entrar—o salir—de una vez por todas.
Una vez apagados teléfono, tableta y televisor siente uno la hondura del silencio, esa insondable profundidad temida de todos. Como a muchos fue ese hundirse en el vacío a solas—desolados y curiosos—lo que nos llevó—hace tanto—a leer a toda hora cuanto libro y revista nos cayera en las manos; lo que nos volvió---ya adolescentes---prosélitos del cine cotidiano, ilusos diletantes de la pluma y vanidosos practicantes de la verborragia del café de los encuentros: tertulias de los lenguaraces.
Silencio ése que nos llevó a algunos al refugio sonoro—dominio del verbo repetido—de la religión y sus decires ilusoriamente fantasiosos y que arrastró a otros a las faramallas del ruidoso circo de las pretensiones.
Silencio que nos hizo preferir el barullo de la mente confundida de alcoholes y laudanos diversos, como el hedor repugnante del dinero y los miasmas ponzoñosos del orgullo.
Silencio aterrador que nos obliga a no callar la boca y a habitar en el barullo de la musiquilla omnipresente y la constante habladuría de los profetas de la falsía.
No hay, entre nosotros, quien pueda vivir en el silencio. Estamos condenados al dominio engañoso de la batahola del mundo y del guirigay de nuestros íntimos demonios personales.