El artificio de la escritura / The artifice of writing


jueves, 19 de febrero de 2026

Silencio

Una vez apagados teléfono, tableta y televisor siente uno la hondura del silencio, esa insondable profundidad temida de todos. 

Como a muchos fue ese hundirse en el vacío a solas—desolados y curiosos—lo que nos llevó—hace tanto—a leer a toda hora cuanto libro y revista nos cayera en las manos; lo que nos volvió---ya adolescentes---prosélitos del cine cotidiano, ilusos diletantes de la pluma y vanidosos practicantes de la verborragia del café de los encuentros: tertulias de los lenguaraces.

Silencio ése que nos llevó a algunos al refugio sonoro—dominio del verbo repetido—de la religión y sus decires ilusoriamente fantasiosos y que arrastró a otros a las faramallas del ruidoso circo de las pretensiones.

Silencio que nos hizo preferir el barullo de la mente confundida de alcoholes y laudanos diversos, como el hedor repugnante del dinero y los miasmas ponzoñosos del orgullo.

Silencio aterrador que nos obliga a no callar la boca y a habitar en el barullo de la musiquilla omnipresente y la constante habladuría de los  profetas de la falsía.

No hay, entre nosotros, quien pueda vivir en el silencio. Estamos condenados al dominio engañoso de la batahola del mundo y del guirigay de nuestros íntimos demonios personales.

lunes, 9 de febrero de 2026

Trilogía del escritor

Lo recién escrito queda para leerlo otro día, cuando quien lo escribió no se acuerde de haberlo escrito ahora.

No juzga quien crea: es otro en él quien decide si lo que se compuso vale la pena.

Son dos tareas diferentes crear y corregir. Dos personas diferentes quienes las cumplen. Ninguna de las dos es el yo del escritor sino sólo parcialmente.

Ninguna de las dos tampoco escribe esta nota aclaratoria: hay una tercera persona que lo hace.

No es solitaria, como dicen, la labor del que escribe.

lunes, 12 de enero de 2026

El diario personal: una posible explicación

                                                                                        


Muchas son las maneras de llevar un diario personal, muchos los posibles objetivos de hacerlo, todos excesivamente egocéntricos. Escritura especular sobre todo y en muchos casos un resonar de profundos ecos. Remedo de Narciso.

Casi a diario cambian y se alternan, como se alternan y cambian casi a diario en quien lo escribe, los intereses, las curiosidades, las emociones, las diversa reacciones, en fin, a las diversas y múltiples experiencias cotidianas, desde el despertar del sueño críptico de la madrugada hasta la interminable vigilia del insomnio y sus obsesiones. 

De todo cabe en un diario, sobretodo si, más que de un diario, se trata de un carnet o un vademecum, o como se pueda nombrar eso que la tradición, desde antiguo conoció como libro de lo común--dígase “cajón de sastre”--en que se consigna en curioso desorden la abigarrada colección de los diversos materiales que recoge la experiencia individual de alguien atento a sus circunstancias y aquejado de no se sabe qué mal del espíritu que lo lleva a acaparar cuanto en ella ve y descubre .  

Pensé en esto al sentarme hace poco a dar cuenta por escrito de lo que hice en el día. Antes de ponerme a escribir pegué en la página blanco la pegatina con que el museo te identifica como visita que ha pagado su entrada y que había olvidado quitármela de la solapa. 

Y en vez de comentar la visita y mis impresiones del arte contemplado escribí que es algo que hago constantemente esto de pegar en  las páginas de mi libreta de bolsillo las entradas al cine, al teatro, a conciertos, a museos; las boletas de restaurantes que valieron la pena, la etiqueta de algo cuya compra satisfizo y, en general, cuanto papel documenta para el futuro del recuerdo un acontecer que podría ser memorable.

Innumerables son, en efecto, los modos de llevar un diario personal, pensé, muchas sus diversas motivaciones y objetivos, todos narcisivamente personales con mucho de obsesivo coleccionismo intantil.