Silencio
Una vez apagados teléfono, tableta y televisor siente uno la hondura del silencio, esa insondable profundidad temida de todos.
Como a muchos fue ese hundirse en el vacío a solas—desolados y curiosos—lo que nos llevó—hace tanto—a leer a toda hora cuanto libro y revista nos cayera en las manos; lo que nos volvió---ya adolescentes---prosélitos del cine cotidiano, ilusos diletantes de la pluma y vanidosos practicantes de la verborragia del café de los encuentros: tertulias de los lenguaraces.
Silencio ése que nos llevó a algunos al refugio sonoro—dominio del verbo repetido—de la religión y sus decires ilusoriamente fantasiosos y que arrastró a otros a las faramallas del ruidoso circo de las pretensiones.
Silencio que nos hizo preferir el barullo de la mente confundida de alcoholes y laudanos diversos, como el hedor repugnante del dinero y los miasmas ponzoñosos del orgullo.
Silencio aterrador que nos obliga a no callar la boca y a habitar en el barullo de la musiquilla omnipresente y la constante habladuría de los profetas de la falsía.
No hay, entre nosotros, quien pueda vivir en el silencio. Estamos condenados al dominio engañoso de la batahola del mundo y del guirigay de nuestros íntimos demonios personales.
