El umbral
Llevo días detenido frente a este umbral. La puerta ha estado levemente abierta: bastaría empujarla con la punta del paraguas y entrar.
Con la punta de la lanza destripadragones. Con la punta del pie atrevido. O con la punta del dedo indecisamente inquisitivo.
Al frente del umbral, de pie, con el paraguas abierto bajo la garúa, espero que el aire—brisa, viento o vendaval—abra la puerta de par en par y me obligue a entrar—o salir—de una vez por todas.
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